"En algún punto entre el estilo de Malibú y el alma de Tulum, Santa Teresa creó su propia leyenda, y de alguna manera logró mantenerla en secreto lo suficientemente largo."
Ubicado en la punta sur de la Península de Nicoya, Santa Teresa es el tipo de lugar que los editores de viajes han estado observando en silencio durante años. Un antiguo pueblo de pescadores que se despertó una mañana para descubrirse a sí mismo en la intersección de un surf de clase mundial, jungla pristina y una escena bohemia global, manteniendo de alguna manera su autenticidad genuina.
El camino que atraviesa el pueblo es sin pavimentar por diseño, un recordatorio gentil de que no es un lugar con prisa. Los monos congos anuncian el amanecer. El Pacífico choca contra olas que atraen a surfistas de todos los continentes. Al caer la noche, el cielo se ilumina en tonos de ámbar y coral que parecen casi teatrales.
Esto no es un pueblo de resorts. No hay todo incluido, no hay centros comerciales. Lo que encontrarás: restaurantes descalzos donde el ceviche es transformador, salas de yoga suspendidas sobre el dosel, botes de pesca que salen al amanecer y una comunidad de nómadas creativos que vinieron por una semana y nunca se fueron.